Bruno Schulz escreve acerca do Ferdydurke de Gombrowicz e uma carta entre os dois. Preciosidades aos poucos!

Ya hace muchísimo tiempo que no nos encontrábamos ante un fenómeno tan turbador, ante una carga ideológica de la envergadura de Ferdydurke, la novela de Witold Gombrowicz. Nos enfrentamos aquí, pues, a una manifestación excepcional del talento de un escritor, de una forma y unos modos novelísticos nuevos y revolucionarios, y, en fin de cuentas, de un descubrimiento fundamental: la anexión de un nuevo territorio de fenómenos espirituales, territorio hasta ahora dejado al abandono, que nadie había pisado, y donde retozaban indecentemente la broma irresponsable, el retruécano y el absurdo.

Intentaremos delimitar, situar ese dominio que Gombrowicz nos ha revelado. Hecho extraño, ese dominio, cuyas dimensiones sólo nos aparecieron gracias a este descubrimiento excepcional, hasta el presente no poseía nombre, ninguna existencia le había sido reconocida, incluso no estaba señalado con ninguna mancha blanca en el mapa del mundo espiritual.

Hasta ahora, el hombre sólo se veía y sólo quería verse desde un punto de vista superficial. A aquello que escapaba a esa mirada superficial, no le concedía la menor existencia, no lo dejaba llegar en modo alguno al campo de la reflexión, no tomaba nota de ello. Vívía una vida huérfana, casi fuera de la existencia, fuera de la realidad, de la lamentable existencia de los contenidos no admitidos y no registrados en parte alguna. El anatema de la estupidez, la futilidad y el absurdo suponían barreras infranqueables, su proximidad cegaba. La conciencia pide una cierta distancia, y, además, necesita ser sancionada por la razón. Lo que carece de esta sanción, aún a pesar de que se encuentre muy cerca, no está a su alcance.

Mientras que la sombra del hombre desarrollaba sobre la escena de su conciencia su acción superficial, experimentada, aprobada, su realidad profunda se debatía desesperadamente contra la simpleza y la estupidez, se golpeaba desarmada, contra quimeras y tonterías en una región innombrada, incluso no localizada. La sombra usurpaba para sí todas las prerrogativas del ser, mientras que, sin un cobijo propio, la realidad humana llevaba la existencia errante y clandestina de un paria. Gombrowicz ha mostrado que las formas experimentadas, maduras y claras de nuestra vida espiritual son más bien un pium desiderium, que viven en nosotros más como un estado de intención permanente que como realidad. En tanto que realidad, vivimos siempre por debajo de ese registro, en un territorio poco honorable, nada glorioso y tan pobre que dudamos si concederle o no una débil apariencia de vida. Por parte de Gombrowicz ha sido un acto capital reconocer ese territorio como el ámbito esencial y archihumano del hombre real, de adoptarlo, –él, el desheredado, el abandonado de la conciencia, el paria–, de identificarlo, de bautizarlo, de hacerle subir el primer peldaño del deslumbrante reconocimiento que le abre en la literatura ese manager de la inmadurez.*
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* La analogía con el freudismo parece evidente. Pero Freud, después de haber descubierto el subconsciente, consiguió una curiosum psicológica, una isla, al presentarnos las manifestaciones incomprendidas y la lógica paradójica, autónoma, nítidamente cortadas, separadas por la frontera de la patología, de la corriente profunda y normal de las cosas. Ahora bien, Gombrowicz ha dirigido justamente su punto de mira hacia los procesos pretendidamente normales y experimentados, y ha demostrado que su legitimidad y su normalidad no son más que una ilusión óptica de nuestra conciencia, que, siendo ella misma el producto de un cierto amaestramiento, sólo acepta los contenidos que le son adecuados y no registra el elemento de inmadurez que envuelven con su flujo la pequeña laguna de los contenidos habituales. El ámbito del que se trata no puede ser clasificado en ninguna de las categorías del conocimiento establecido, no disponemos de ningún instrumento para analizarlo. Es ahí donde Gombrowicz ha hecho un hallazgo genial. Ha sabido utilizar el aparato psíquico que sirve normalmente de válvula de seguridad, el aislante que proteje las frágiles construcciones de lo establecido frente a la agresión de un caos subterráneo: lo cómico, la convulsión de la risa, que sacude las usurpaciones y las reivindicaciones de este elemento germinante. Y con lo cómico, en la medida en que eso es lo que toca más de cerca a ese ámbito problemático, ha incorporado un elemento nuevo de observación y registro. Lo grotesco de Gombrowicz no es otra cosa que un instrumento de resistencia y de repulsión adaptado a los fines del conocimiento. Freud nos descubrió el pequeño fragmento de ese mundo subterráneo accesible por los métodos del psicólogo, métodos con los cuales ha neutralizado la acción destructiva del ridículo y del absurdo. Y, finalmente, no abandona el plano de la seriedad científica. Ahora bien, el ataque general a ese ámbito no podía llevarse a cabo más que abandonando completamente cualquier posición de lo serio: lanzando al asalto el desencadenamiento de la risa, desatando la invasión universal de lo cómico. Se confirma que es en la seriedad científica misma, en la actitud digna del investigador, donde reside el mayor obstáculo para la desmitificación fundamental del mecanismo del pensamiento. Lo establecido y la hipocresía desenmascaradas, desarmadas, expulsadas de sus posiciones, han encontrado refugio en la seriedad de la postura del investigador. Es a ese juego del escondite al que Gombrowicz le pone término rompiendo con una audacia singular los diques de lo serio. Ha conseguido transformar el instrumento destructor en herramienta constructiva. Gracias a lo cual ha proyectado la lucidez de un sarcasmo humanizador sobre un territorio que hasta entonces no había sido objeto de ninguna elaboración por las fuerzas del espíritu humano.

[Nota del autor]

La existencia madura del hombre encuentra su equivalencia en las formas y contenidos de la cultura sublimada, igual que la existencia subterránea y clandestina tiene su mundo de equivalencias, en el que se desenvuelve y actúa.

Desde el punto de vista de la cultura, son productos ocasionales, accidentales, residuos de su proceso, un territorio de contenidos subculturales, poco refinados y rudimentarios, un ámbito inmenso de residuos que obstruye sus periferias. Ese mundo de canales y sumideros, esa gigantesca cloaca de la cultura es sin embargo la placenta, el abono, el alimento vital con el que germinan cualquier valor y cultura. Se encuentra ahí la reserva de las fuertes tensiones emocionales que sus contenidos subculturales han conseguido combinar y concentrar. Nuestra inmadurez (y quizá, en el fondo, nuestra vitalidad) se encuentra atada por mil nudos, enlazada por mil atavismos a ese complejo de formas de segundo orden, a esa cultura de segunda elección, que se queda implantada ahí con obstinación, por la fuerza de una antigua costumbre, de una antigua complicidad. Mientras que bajo el envoltorio de las formas maduras y establecidas, nosotros rendimos homenaje a los valores elevados, sublimados, nuestra vida esencial se desarrolla a escondidas sin sanciones superiores, en esa esfera familiar mugrienta, y la energía emocional que ella contiene es cien veces más poderosa que aquélla de la que dispone la débil capa de lo establecido. Gombrowicz ha hecho ver que es justamente aquí, en este territorio despreciado y vergonzoso, donde prospera una vida exuberante, que transcurre de manera extraordinaria sin sanciones superiores y que bajo la presión redoblada de la abominación y la vergüenza se desarrolla mejor que en las alturas de lo sublime.

Gombrowicz ha revocado la posición aislada y privilegiada de los fenómenos psíquicos, ha destruido el mito de su origen divino, ha desvelado su genealogía zoológica, una genealogía poco reluciente que su vanidad repudiaba. Gombrowicz ha revelado la naturaleza común de los ámbitos de la cultura y de la subcultura, y lo que es más, podemos admitir que, en el plano de la subcultura, en el terreno de la inmadurez, el ve el modelo y el prototipo del valor en general, y en el mecanismo de su funcionamiento (que ha desmontado de manera genial), la clave de la comprensión del mecanismo de la cultura.

Hasta aquí, el hombre se veía a sí mismo bajo este prisma de una forma completamente acabada y dispuesta, no veía más que la fachada de costumbre. No se daba cuenta de que mientras en sus aspiraciones se acercaba al modelo ideal, él, en su misma realidad, permanecía siempre inacabado, mal construido –hecho de parches– y deficiente. La miseria de su forma, burdamente ensamblada, apresuradamente cosida, escapaba a su atención. Gombrowicz nos libra el inventario de la parte maldita, de la escalera de servicio de nuestro yo: ¡inventario asombroso! En el salón frontal, todo obedece al decoro, pero en esta cocina de nuestro yo, entre los bastidores de la acción establecida, se ejercen las peores conductas. No hay ideologías por manidas o caducas que sean, formas petrificadas y podridas que no se desarrollen aquí, que no encuentren destinatario. Aquí aparecen en todo lo que ellas tienen de sórdido las estructuras de la mitología, la tiranía disimulada de las formas sintácticas, la violencia y el banditismo de las frases hechas, la fuerza de la simetría y la analogía. Aquí se revela la burda mecánica de nuestros ideales, fundada en la dominación de una literalidad ingenua, en las figuras de una metáfora y una imitación vulgar de las formas lingüísticas. Gombrowicz es el maestro de esa maquinaria psíquica, ridícula y caricaturesca, que sabe llevar a cortocircuitos violentos, a explosiones magníficas en una extraña condensación grotesca.

Cómo Gombrowicz consigue cristalizar los productos plasmáticos de esa nebulosa esfera, corporeizarlos, hacerlos visibles y tangibles, sobre la escena de su teatro, éso corresponde al misterio de su talento. El instrumento de lo grotesco que forja para este fin, grotesco que juega el papel de una lupa, y bajo el cual lo imponderable toma cuerpo, debería alimentar el tema de un estudio particular.

La cadena de descubrimientos de Gombrowicz no se detiene sin embargo ahí. Se le debe todavía un diagnóstico perspicaz concerniente a la esencia misma de la cultura. El escalpelo de Gombrowicz saca a la luz, liberándolos de las motivaciones secundarias (cuya aglomeración lo enreda todo), el motivo principal de la cultura, su nervio, su raíz. Gombrowicz ha revelado y apreciado en toda su extensión la importancia capital del problema de la forma. Se puede decir después de él que toda la cultura humana es un sistema de formas en las cuales el hombre se ve a sí mismo y a través de las cuales se muestra al hombre. El hombre no soporta su desnudez. Sólo se comunica consigo mismo y con los que le rodean por medio de las formas, los estilos y las máscaras. Toda la atención humana ha estado siempre absorbida por la aplicación de las formas y las jerarquías, por la manipulación del movimiento de los valores, ha estado siempre tan acaparada por el fondo del asunto, que el proceso de jerarquización de fabricación de la forma, parecía encontrarse fuera de toda problemática. El mérito de Gombrowicz es haber tratado por su lado genético, evolutivo, un asunto que siempre fue considerado en su absoluto, en su contenido, de una manera “esencial”. Él ha elaborado una embriología de la forma. Ha unificado la multiplicidad, ha reducido toda la escala de las ideologías humanas a un denominador común, ha liberado, abstracción hecha de sus particularidades, la misma sustancia humana. Y el molde donde se fabrican las formas –hasta entonces inaccesible al ojo humano– lo ha situado en un ámbito tan dudoso, tan lamentable y despreciado que la unión en la misma mirada de cosas tan distantes, y el hecho de situar entre ellas el signo de la igualdad, deben ser reconocidos como la verdadera luz de la clarividencia. Sabemos, pues, donde se encuentra ese laboratorio de las formas, esa fábrica de sublimación y jerarquización. Es la cloaca de la inmadurez, el ámbito de la vergüenza y la humillación, de la imperfección y lo defectuoso, un miserable basurero lleno de residuos, de vanas y fragmentadas ideologías, todas esas cosas para las que no existen nombres en el lenguaje cultivado.

Semejantes hallazgos no se consiguen fácilmente en base sólo a especulaciones puras y conocimiento científico. Gombrowicz llegó ahí por el camino de la patología, de su propia patología. Todos nosotros atravesamos las crisis de madurez, y los procesos dolorosos de la imperfección y lo defectuoso. Las experimentamos de forma más o menos ligera, más o menos grave, y guardamos de sus dificultades heridas más o menos ligeras, más o menos graves, enfermedades y malformaciones. Para Gom- browicz, los sufrimientos del periodo de madurez, todas sus derrotas y sinsabores no se disiparon al hallar tal o cual equilibrio, no se calmaron con tal o cual compromiso, sino que –sin ninguna duda–, se han convertido en su propio problema, su propio fin, maduros para el autoconocimiento, despertados por y para la palabra, por y para la expresión. La posición que ha adoptado Gombrowicz no es la objetiva y desapasionada del investigador. De principio a fin, su libro está imbuido de un muy ferviente espíritu de apostolado, de un espíritu religioso y reformador, ardiente y militante. El apostolado, he aquí tal vez el nudo y el meollo del libro, éso sobre lo que han germinado, como de un tronco, las otras partes, las ramas. No es fácil explicar la esencia de ese apostolado. Y si eso no es fácil, es porque no se trata de una opinión particular, de una teoría ni de una consigna, sino del trastorno de todo un modo de vida, de una reforma esencial, in capite et membris, la cual no fue jamás emprendida tan profundamente. Pero estimar que Gombrowicz parte de algunas ideas generales y abstractas, sería cometer un error. El punto de partida del libro es el más concreto, el más personal, el más vivo y más palpable que se pueda imaginar. Gombrowicz insiste en el hecho de que la génesis de su obra reside en una determinada situación que le concierne personalmente. Gom- browicz revela que todas las motivaciones capitales y “generales” de nuestro comportamiento –toda navegación bajo esa bandera de ideales y consignas– no nos expresan ni completa ni verdaderamente: sólo descubren un poco de nosotros, y todavía ésto o aquéllo, al azar, pero nada esencial. Gombrowicz se opone a la principal corriente de la cultura, que hace vivir al hombre a costa de algunas parcelas sacadas de sí mismo, ideologías, frases huecas y formas, y no de sí mismo, en su integralidad, a partir de su nudo vital. El hombre nunca se había considerado más que como suplemento imperfecto y despreciable de sus conceptos. En esa relación, Gombrowicz quiere restaurar las proporciones justas, trastornadas. Muestra que cuando no somos maduros –sino pobres tipos, lamentables, debatiéndonos en los bajos fondos de lo concreto para intentar expresarnos, y que es con nuestra bajeza con lo que tenemos que vérnosla–, estamos más cerca de la verdad que cuando somos nobles, sublimes, maduros y definitivos. He ahí por qué nos incita a retornar a las formas primarias, he ahí por qué nos convoca a rehacer, a recomponer, a reestructurar toda nuestra infancia cultural, a entrar en la infancia, y no porque espere, en efecto, la salvación de las ideologías cada vez más bajas, cada vez más primarias y rudimentarias, sino porque el hombre ha arrojado, dispersado y perdido por todo el camino del desarrollo que ha recorrido desde el estado de ingenuidad primera el tesoro de lo concreto viviente. Todas sus formas, sus gestos y sus máscaras han cubierto lo humano, han absorbido los despojos de una miserable pero concreta y única verdadera condición humana; y Gombrowicz los reivindica, los acoge, los retira de un largo exilio, de una antigua diáspora. Cuanto más se “desenmascaran”y comprometen esas máscaras que son las formas y los ideales, más se desvela la tosquedad de su mecanismo, más escandaloso se confirma, más se libera el hombre de ellas, de esas formas que lo habían agarrotado. La actitud de Gombrowicz hacia las formas no es sin embargo tan simple, no tanto como el sentido único en que acabo de decirlo podría dar a entender. No, porque ese demonólogo de la cultura, ese encarnizado cazador de mentiras culturales, también –de manera paradójica– al mismo tiempo las ha traicionado. Él experimenta por sus encantos adulterados un amor patológico e incurable: el amor que sentimos por un ser enfermo y torpe, conmovedor en su impotencia por cargar solo con la tarea, por no encontrarse nunca a la altura de las exigencias insaciables de la forma. Las discordancias, los tropiezos y retruécanos de la forma, las torturas del hombre en su lecho mortuorio le excitan y apasionan.

Pero, arrancada de un organismo tan vivo como Ferdydurke, ¡qué descarnada y esquelética parece esta temática! No es necesario ver más que un simple corte a través de la masa viva y germinante de su cuerpo, uno de los muchísimos aspectos de ese engendro de múltiples vidas. Finalmente, desembocamos aquí en la inteligencia auténtica, autocreadora, desembarazada de juicios preconcebidos y de ideas hechas. Por donde quiera que palpemos el cuerpo de la obra, percibimos una musculatura, una fuerza de los pensamientos, la carne y la carcasa de una anatomía atlética que, ciertamente, no está rellena de guata y estopa. Este libro revienta bajo esa abundancia de ideas, desborda de energía creadora y devastadora.

¿Qué conclusiones saca Gombrowicz de sus vivisecciones para la práctica de la vida y la práctica literaria? Poco le importa la forma individual y sus tentativas de saltimbanqui por arrojar el ancla en la realidad, se burla de eso. Ninguna genealogía, ninguna coartada ante cualquier tribunal ontológico y absoluto podría salvarla a sus ojos. Pero ese positivista, ese adorador del hecho se lo perdona todo si la misma pelea hasta hacerse admitir en ese “medio intermonádico” que nosotros llamamos opinión. La forma accede entonces a la beatificación. La aceptación, he aquí la instancia suprema, la prueba inapelable de cualquier valor humano. La estima de Gombrowicz por esa instancia no tiene límite, aunque no ignore nada de su composición y su substancia, y sepa perfectamente que sólo es la media aproximativa de los juicios de X… y de Y…, el resultado de las maneras de ver limitadas y vulgares de A …y de B… Sin embargo –Gombrowicz lo saca a la luz– no existe otra instancia cualificada para ese control, allí no existe superior; es la opinión quien juzga, según sus leyes inicuas, el valor de nuestras ofertas personales, y hacia ella vuelan nuestras ensoñaciones más secretas, a través de ella son tamizadas nuestras ardientes aspiraciones. A pesar de lo que esa conducta pueda tener de sórdido, permanece como un prototipo de fuerza valorizadora, y ahí desembocan todos los criterios y todas las instancias absolutas. Es esa opinión quien nos determina, la que ejerce presión sobre nosotros, y sobre la que se apoya nuestra forma y se modela la imagen que intentamos darnos.

Conseguido el culto positivista del hecho, el prólogo de Filidor acusa sin embargo a ese respecto una cierta quiebra –digamos la palabra– de traición o infidelidad. Aquí, en efecto, Gombrowicz le pone límites, ya no le reconoce una jurisdicción universal. No obstante, no debería temer ser parcial. Todo gran sistema ideológico es parcial y tiene el coraje de serlo. La concesión que Gom- browicz hace a los escritores de primer rango es muy a menudo formal. No convenía introducir aquí un doble criterio. Las excepciones consentidas por Gombrowicz debilitan también el crédito de sus teorías concernientes a los hechos que él somete a su tribunal. En efecto, Gombrowicz exige que los móviles personales que empujan a un escritor a escribir –y que, según su audaz afirmación, son siempre una voluntad de imponer su propio valor ante el fórum de la opinión– dejen de actuar como un impulso subterráneo, clandestino y vergonzoso, que traspasa su energía a contenidos extraños y lejanos, y que se conviertan, simplemente, en el tema confesado de su creación. Se esfuerza por desnudar el mecanismo entero de la obra de arte, su lazo con el autor, y de hecho, al mismo tiempo que el postulado, ofrece la demostración práctica en Ferdydurke, que no es otra cosa que el modelo capital de una obra así. Considera que se encuentra ahí la única salida para escapar a la mentira general sin esperanza y para desembocar en la vía de salvación de la literatura, a través de una vigorosa inyección de realidades. ¿Pero qué significa entonces el escritor “de segundo rango”? Ese maestro de la relatividad y adepto de lo concreto que es Gombrowicz no debería usar categorías tan reductoras ni condenar –con ayuda de definiciones– al “segundo rango” preestablecido. Gombrowicz no desconoce los caminos que recorren las grandes ideas y las grandes obras, no ignora que la grandeza puede no ser más que el producto de una feliz coyuntura, de una coincidencia de circunstancias internas y externas. Así, pues, no hay que tomar demasiado en serio la lealtad de Gombrowicz hacia los grandes espíritus de la humanidad. Sin menoscabo de la innegable originalidad de Ferydurke, no será inútil recordar que este libro tuvo un precursor, quizá desconocido por Gombrowicz, en Pałuba, de Irzykowski: una obra demasiado avanzada, y por ello inoperante. Tal vez ahora nos hallemos en el momento adecuado para enfrentarnos a ese tema. La crítica está condenada a traducir la prosa discursiva de Ferdydurke al lenguaje convencional, popular. Pero, en este desnudamiento, en esta disección de un esqueleto completamente seco, Ferdydurke se ve privada de todas sus perspectivas ilimitadas, de sus múltiples significaciones, de su expansión metafórica, cosas todas que le dan a las ideas de Gombrowicz su valor de microcosmos, de modelo universal del mundo y la vida.

A Witold Gombrowicz

Witold Gombrowicz (1904-1969), prosista, dramaturgo, ensayista. En 1939 abandonó Polonia para instalarse en Argentina. Murió en Francia. En los años 30 entabló amistad con Schulz, el cual tenía en gran aprecio su obra y escribió un importante ensayo sobre su novela Ferdydurke. Las numerosas cartas que Schulz le escribió a Gombrowicz desaparecieron durante la guerra.

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Carta a Witold Gombrowicz(1)

julio 1938

Vamos, querido Witold, ¿quieres empujarme a esa arena rodeada por una curiosa muchedumbre? ¿Quieres verme, como un toro bravo, embestir ciegamente contra ese trozo de franela que agita la mujer del doctor? ¿Esperas, pues, hacerte una capa con su batín de color amaranto y aguardar detrás de ese burladero para acabar conmigo de algunas estocadas?Hubieras necesitado utilizar, querido, un color más excitante, un venablo más ponzoñoso, un veneno más letal que la saliva de la esposa del doctor de la calle Wilcza. Hubieras debido poner en mi camino a una dama más inteligente, más seductora, un señuelo que provocase un verdadero deseo de cornearlo. Subestimas un poco mi sensibilidad al ponerme delante de las narices a esa muñeca rellena de estopa. Con la mejor voluntad del mundo, el viejo toro cansado que yo soy no puede más que bajar la cabeza y lanzar –entre las banderillas erizadas en su carne– una mirada amenazadora con su ojo ensangrentado. Así, pues, me falta ese fuego sagrado, ese ciego y demencial encarnizamiento que me hubiesen, según tú, incitado a lanzar un ataque en toda regla. Tú has querido de antemano fijar mi itinerario y has procurado tapar todas las salidas de emergencia para dejarme solo, en medio de la arena. Desde el principio me has desanimado a participar en ese juego, pues tú has seleccionado el público, dispuesto la acústica del lugar y subrayado lo que esperabas de mí. Pero ¿qué dirías si yo fuese un toro diferente a los otros –un toro sin casta, sin honor ni ambición–, si soslayando la impaciencia del público, le volviese la espalda a la esposa del doctor para revolverme contra ti, con el rabo altivamente enhiesto? No para derribarte, noble torero; sino para llevarte sobre mi espalda (perdóname si es pura megalomanía) lejos de la arena, de sus leyes y códigos.

Lo diré claramente: yo no creo en el código sagrado de las plazas y los fórums; no es un código que yo respete ni al que le otorgue mucho crédito. En cambio, sé que a ti te fascina, hasta el punto de que has llenado sus márgenes con las más espléndidas glosas y comentarios; ¡extraña, esa verdadera idolatría que se eleva sobre el objeto de su culto y obliga al adorador a efectuar tales piruetas y brincos de pura ironía!

Estarás, pues, de acuerdo, querido Witold, en dejar para más tarde esta curiosa tauromaquia; abandonemos sobre la arena el maniquí reventado, dejemos atrás –lejos de nosotros– el rumor del público decepcionado, dirijámonos tranquilamente, con un paso relajado, hombro con hombro –toro y torero– hacia la salida y la libertad: no esperemos a franquear el último perímetro del teatro para sumirnos en las delicias de una íntima conversación.

¡Vamos, qué paradoja! ¡Tú, el defensor de los fórums y de su formidable acústica! ¿Qué vale entonces ese ruido amplificado por el eco, qué verdades y qué argumentos pueden expresarse, cómo explicar esa llamada irresistible capaz de romper nuestros corazones y nuestras convicciones? ¿Cuál es esa parte de nosotros mismos que se precipita a su encuentro, dispuesta a afirmar y a dar aquiescencia sin reserva, cuando otra voz interior nos advierte que estamos en un error? ¿Adoras tú y respetas el humor popular, la risa del gentío, la broma que desconcierta al adversario sin permitirle enunciar sus razones y sus argumentos, la que lo expone a la burla general y le hace caer el arma de las manos, sin ni siquiera permitirle cruzar la espada? ¿Eso que te seduce es ver que el efecto es inmediato, es constatar la solidaridad directa, prelógica, de todas las mujeres de médicos de la calle Wilcza, ver aplaudir todos esos elementos vulgares, primitivos, ordinarios? Y aún más, en el fondo de tu corazón ves nacer con asombro una afirmación y una solidaridad involuntarias pero que, al final, te es algo hostil y extraño. Así, pues, sabrás que lo que te parece una fuerza formidable, trascendiendo al individuo, sólo es realmente una debilidad de tu propia naturaleza. Es el espíritu de la gente el que nos acepta a nosotros, querido Witold, el rumor de la gente que nos asusta y que ha echado raíces en nosotros ahoga la voz de la razón y nos hace levantar las manos, a pesar nuestro, en un gesto insensato de aclamación. Son reflejos del rebaño que oscurecen en nosotros la claridad de juicio, introduciendo métodos de razonamiento arcaicos y bárbaros, todo el arsenal de una lógica atávica y caduca. Ese es el humor que la muchedumbre despierta en ti, seguro de que lo verás levantarse en tu corazón, oscuro e inarticulado, como el oso que se alza sobre sus patas al oír el silbido del gitano.

¡La mujer del doctor de la calle Wilcza! ¿Intentarás, pues, borrar mis cartas, sembrar la inquietud en mi corazón dándome por antagonista a la representante de un gremio bien establecido, solidario, poderoso, trazando los límites de la partida a jugar cerca del frente combatiente del otro sexo? ¿Quieres, en tu perversidad, empujarme hacia esas peligrosas zonas fronterizas, a ese terreno pantanoso que te resulta tan familiar, para ver cómo se descompone la brújula de mis sentimientos, invertir, en una curiosa ambivalencia, el polo de los valores morales, hasta que el odio y el amor pierdan su significación primera entre una indescriptible confusión? No, no, querido Witold, hace mucho tiempo que yo me he apartado de todo eso. Ahora soy capaz de evitar ese desastroso embrollo, de separar y delimitar los diversos elementos. Sin duda alguna, admito y reconozco sinceramente que la mujer del doctor tiene unas bellas piernas, pero me esfuerzo por mantener ese hecho en el dominio que le es propio. Yo quiero dejar claro que el homenaje debido a las piernas de esa dama no invada desconsideradamente un terreno que le es perfectamente extraño. Y toda la lealtad de este homenaje no me impide alimentar, en el plano intelectual, un franco desprecio por esa mentalidad de burguesa limitada, por esos argumentos-cliché, por ese estado de espíritu que me es tan hostil como ajeno. Y bien, sí, ¿por qué no confesarlo? Odio a la mujer del doctor de la calle Wilcza. Es un ser desprovisto de toda sustancia, una mujer de médico en su forma más pura y más destilada –qué digo–, el modelo mismo de una mujer de médico y de una esposa, simplemente… Dicho esto, y ya en un plano diferente, reconozco que me es difícil resistir al encanto de sus piernas.

Sin duda, esa perpetua ambivalencia que hace de mí una especie de Jano bifronte capaz de considerar a la vez a la mujer del doctor desde el punto de vista de sus piernas y de su intelecto, podría intrigar y hacer reflexionar; casi podríamos intentar elaborar fórmulas generales, abrir vastas perspectivas metafísicas. Me parece que aquí tocamos con el dedo una de las antinomias fundamentales del alma humana, que nos enfrentamos a uno de los nudos metafísicos de la existencia.

No me gustan mucho las simplificaciones, pero mientras que la psicología no haya elucidado esa cuestión, yo propongo que nos atengamos a la explicación siguiente: nuestra sexualidad, con el aura ideológica que la rodea, pertenece a una etapa de evolución distinta a la de nuestro intelecto. De manera general, creo que nuestro psiquismo no constituye un bloque uniforme, que el grado de evolución de cada zona es variable: las antinomias y contradicciones del espíritu humano se explican, pues, por la coexistencia y la interpenetración de sistemas múltiples. Esa es también la razón por la cual nuestro pensamiento puede seguir caminos tan divergentes.

Me he metido, deliberadamente, en el terreno de la sexualidad porque la vida nos ha acostumbrado desde hace tiempo a aislarla, a tratar su problemática en un rincón apartado. Bajo este ángulo, se hace evidente que nuestro psiquismo comprende capas diferentes. Pero no estamos completamente convencidos de eso cuando se trata de principios morales, de valores biológicos y sociales; aquí, soy consciente de haber entrado en lo que tú consideras como tu feudo. Conozco tu susceptibilidad particular en este punto, tu angustia patológica (y por tanto creadora). Es la zona neurálgica en que tu sensibilidad alcanza su paroxismo, es una especie de talón de Aquiles que te irrita y crispa, como si de ese talón quisiese surgir un nuevo órgano, una mano suplementaria, más prensil que las otras. Intentemos delimitar, aislar ese lugar doloroso y sensible, intentemos localizarlo quirúrgicamente, aunque se propague y ramifique en todas las direcciones. Me parece que lo que te angustia y deja desamparado es la existencia de un código de valores tácito, una especie de mafia anónima, un consensus omnium que escapa a todo control. Más allá de los valores que nosotros reconocemos y aceptamos se oculta una especie de conspiración oficiosa más fuerte, como un sistema clandestino, inaprensible, cínico y amoral, irracional y burlón. Ese sistema (pues encierra todas las características de un sistema consecuente) sanciona la infidelidad de una mujer perversa, establece jerarquías paradójicas, confiriéndole una fuerza aplastante a las bromas más burdas y arrancándonos una risa solidaria contra nuestra voluntad y sin darnos cuenta. Ese sistema inaprensible, imposible de localizar, inmiscuyéndose en la misma trama de nuestros valores y declinando toda responsabilidad, se escurre literalmente entre los dedos de aquel que quisiera agarrarse a él y fijarlo –no tiene nada de solemne ni serio, pero posee un arma poderosa y mortífera: la del ridículo–; es un fenómeno inquietante e insólito. No sé si existe alguien que pueda escapar a su fascinación.

Reconozco que tú nos has prestado un gran servicio al focalizar sobre ese problema nuestra atención y sensibilidad. Si no me equivoco, tú eres el primero en haber olfateado al dragón en sus innumerables escondrijos y en tenerlo al alcance de la mano. Quisiera poder concederte –desde hoy– la palma del héroe destinado a matar al monstruo. Pues considero ese sistema anónimo como un mal que hay que vencer. Es por lo que todas esas misas rezadas comienzan a inquietarme. Esos rumores que no acaban, esos comentarios interminables, toda esa política ambigua y embrollada. ¡Por el amor de Dios, reflexiona! ¡Despójate de la venda que te ciega! ¡Aprende a distinguir al aliado del enemigo! Tú, el predestinado a matar al dragón, al que la naturaleza ha provisto de poderosos instrumentos de muerte; tú, cuyo olfato extraordinario es capaz de acorralar al enemigo en sus guaridas más secretas –¡agárralo finalmente entre tus colmillos, golpéale en plenas fauces, muérdele, asfíxialo y córtale la garganta con dos grandes chasquidos de mandíbula!

No, Witold, yo creo en ti. Tú quieres solamente fascinarla como un mago, atraerla con adulaciones, hipnotizarla e inmovilizarla en una pose de eterno ídolo: una pose que tú mismo le sugieres. Pues sí, estoy dispuesto a secundarte. ¡Instalemos en un trono a la mujer del doctor de la calle Wilcza! ¡Hosanna, hosanna, postrémonos ante ella! Que se infatúe, que abombe su vientre blanco, que se dilate de orgullo ese eterno ídolo, objeto de todas nuestras nostalgias, hosanna, hosanna, hosanna…

Aprovechando que está sentada ahí, embriagada por su éxito, desbordando literalmente de embriaguez, con sus ojos de azur que nos miran fijamente sin vernos, analicemos su figura, examinemos sus rasgos, arrojemos una sonda al fondo de ese rostro impenetrable.

Dices que es el rostro mismo de la vida. Dices que no somos los únicos –nosotros que somos más sabios y mejores– en tener derecho a reírnos de la mujer del doctor. Le concedes a ella el mismo derecho, el de burlarse, despreciarnos y reírse de nosotros. Al defender todo lo que es inferior, te conviertes en enemigo de lo que es superior. Te esfuerzas por comprometer nuestras iniciativas poniéndonos ante los ojos el tosco y robusto cuerpo de esa dama, y te declaras solidario con su estúpido cotilleo. Afirmas defender en su persona la vitalidad, y la biología, contra la abstracción y la especie de desarraigo que nos alejan de la vida. Si se trata de biología, querido Witold, yo sólo veo ahí la fuerza de la inercia, y si es de vitalidad de lo que se trata, no puede ser más que su masa pesada e inerte.

Pero la vanguardia de la biología es el pensamiento, la experiencia, la invención creadora. Somos nosotros quienes representamos la biología combatiente, triunfante: nosotros somos la auténtica vitalidad.

No te rías. Sé lo que piensas, sé que no tienes una idea muy alta de nuestra vida. Y eso es lo que me hace daño. La comparas con la de la mujer del doctor, y esa vida te parece más real, más sólidamente enraizada en la tierra; nuestra vida –la nuestra, pretendes–, es construir en las nubes, estar abandonados por completo a la quimera, sufrir una presión colosal de muchas atmósferas para poder destilar obras que –prácticamente– no son útiles para nadie. ¡El tedio, Witold, el tedio salvador! Es nuestra noble ascesis, nuestra exigencia, que no nos permite participar en los festines de la vida, es la incorruptibilidad de nuestro gusto, de nuestro paladar consagrado a la degustación de metas nuevas y desconocidas.

A modo de conclusión, permíteme decirte en dos palabras que me gustaría verte ocupando tu verdadero lugar, tu verdadero sitio. Tienes la envergadura de un gran humanista, tu patológica sensibilidad para las antinomias no es más que la nostalgia de lo universal, el deseo de humanizar conceptos infrahumanos, de expropiar las ideologías particulares para anexarlas al vasto territorio de la unidad. Ignoro por qué caminos llevarás a cabo esa tarea; sin embargo, me parece que eso es lo que le confiere un sentido a tus iniciativas, y las legitima; aunque hasta aquí no hayas hecho más que ojear la presa obligándola a salir de sus madrigueras semi humanas para exponerla directamente a la escopeta del cazador. Con toda mi amistad.
Tu
Bruno Schulz

NOTAS

1. Esta “Carta abierta” de Bruno Schulz constituye la respuesta a una carta similar escrita por Gombrowicz y publicada en las páginas del mensual Studio (1936, nº 7). El instigador de esta “correspondencia pública” entre los dos escritores es el redactor jefe de Studio, Bogusław Kuczyński; la misma viene a ser una especie de tríptico epistolar comenzado y acabado por Gombrowicz, autor de la primera y tercera carta. Esta última no es indispensable para comprender el texto polémico escrito por Schulz. La primera carta, en cambio, es esencial, en la medida en que inspiró la respuesta de Schulz: Gombrowicz provoca ahí al escritor, empujándolo a entablar la discusión.

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